La pregunta que nadie quiere hacerse
Hay preguntas que resultan incómodas no porque sean irrespetuosas, sino porque apuntan a una contradicción que preferimos no ver. Esta es una de ellas: ¿qué ocurriría si la pobreza desapareciese? No como ejercicio de utopía, sino como experimento mental filosófico. ¿Quién se alegraría sin reservas? ¿Y quién, en algún rincón honesto de su conciencia, vería desaparecer también su razón de ser?
No hablo de las personas que trabajan en el sector social desde la entrega genuina — y las hay, muchas, y merecen todo el reconocimiento. Hablo del sistema. De la arquitectura institucional construida alrededor de la pobreza. De los presupuestos, los organigramas, los congresos, las memorias anuales, los sellos de calidad, las campañas de captación de fondos. De todo ese andamiaje que, paradójicamente, necesita que haya pobres para seguir funcionando.
Si mañana desapareciese la pobreza, ¿cuántas organizaciones desaparecerían también? ¿Y cuántas lo celebrarían de verdad?
El problema estructural de vivir del problema
Existe en filosofía política un concepto que describe bien este fenómeno: la captura institucional por el problema que se pretende resolver. Una organización nace para solucionar algo. Con el tiempo, su supervivencia depende de que ese algo no se resuelva del todo. No necesariamente por mala fe — a menudo por pura inercia burocrática, por la lógica de la autopreservación que tienen todas las instituciones humanas. Pero el resultado es el mismo: la organización empieza a necesitar el problema más de lo que necesita la solución.
Peter Drucker, uno de los pensadores más lúcidos sobre el funcionamiento de las organizaciones, lo señaló con claridad: toda institución tiende a convertirse en un fin en sí misma. Lo que nació como instrumento acaba comportándose como propósito. Y cuando eso ocurre en el sector social, las consecuencias son especialmente graves, porque la víctima de esa deriva no es un accionista. Es una persona vulnerable que confió en que alguien trabajaba genuinamente para que dejase de necesitar ayuda.
«Una organización que necesita el problema para sobrevivir ha dejado de ser parte de la solución.»
La dignidad como criterio
Hay una distinción filosófica que importa aquí: la diferencia entre tratar a alguien como medio o como fin. Kant la formuló con una precisión que no ha envejecido Kant, 1785: actúa de tal modo que nunca trates a la humanidad —en tu persona o en la de otro— meramente como un medio, sino siempre al mismo tiempo como un fin.
Cuando una organización necesita mantener a sus beneficiarios en situación de dependencia para justificar su existencia, los está tratando como medios. Los pobres dejan de ser personas a las que se acompaña hacia la autonomía y se convierten en la materia prima que mantiene en marcha la maquinaria. No hay violencia en ello — a veces ni siquiera hay conciencia. Pero el resultado práctico es una pobreza administrada, no combatida.
La pobreza administrada es aquella que se gestiona con eficiencia pero no se resuelve con urgencia.
El Evangelio y los profetas, de nuevo
Esto no es nuevo. El profeta Amós ya denunciaba en el siglo VIII antes de Cristo a quienes hacían negocio con la miseria de los más vulnerables Am 8, 4-6. Jesús denuncia en el Templo no a los pobres, sino a quienes han convertido el espacio sagrado — supuestamente dedicado a Dios y al pueblo — en un mercado que funciona a costa de los más débiles Mc 11, 15-17.
La tradición bíblica no idealiza la pobreza. No dice que los pobres son mejores ni que su situación es deseable. Dice que cómo tratamos a los más vulnerables revela quiénes somos realmente. Y que quienes utilizan esa vulnerabilidad para su propio beneficio — económico, político o de imagen — merecen la denuncia más severa, precisamente porque se amparan en el bien para hacer el mal.
¿Qué distingue a una organización genuina?
No propongo disolver el sector social. Propongo una pregunta de diagnóstico que cada organización debería hacerse con honestidad: ¿trabajamos para que dejen de necesitarnos? Si la respuesta es sí, hay un horizonte claro, un criterio de éxito real. Si la respuesta es ambigua o incómoda, merece la pena detenerse ahí.
Las organizaciones genuinas comparten algunos rasgos que no tienen que ver con el tamaño ni con el presupuesto. Miden su éxito por la reducción de sus beneficiarios, no por su aumento. Desarrollan la autonomía de las personas que acompañan, no su dependencia. Tienen un modelo que contempla su propia desaparición como el mayor éxito posible. Y cuando consiguen que alguien deje de necesitarles, lo celebran — sin reservas, sin calcular lo que pierden.
«El mayor éxito de quien acompaña es volverse prescindible.»
Una incomodidad necesaria
Este texto no es un ataque al sector social. Es una invitación a la honestidad que cualquier institución humana necesita de vez en cuando. Las personas que trabajan con entrega real en este ámbito no deberían sentirse aludidas — deberían sentirse respaldadas, porque son ellas las que más sufren cuando el sistema en el que trabajan prioriza su propia supervivencia sobre el bien de quienes dice servir.
La pobreza no es un nicho de mercado. La vulnerabilidad humana no es un modelo de negocio. Y la solidaridad que no tiene como horizonte su propia extinción no es solidaridad. Es gestión de la miseria con buena conciencia.
La pregunta sigue en pie: ¿vivimos de los pobres o para los pobres? No hace falta responderla en voz alta. Basta con no mentirse a uno mismo cuando se contesta en silencio.
Referencias bibliográficas
- Kant, Immanuel Fundamentación de la metafísica de las costumbres 1785. Segunda fórmula del imperativo categórico: el principio de humanidad como fin en sí mismo.
- Drucker, Peter F. Managing the Non-Profit Organization HarperCollins, 1990. Sobre la misión, el liderazgo y los resultados en las organizaciones sin ánimo de lucro.
- Illich, Ivan La sociedad desescolarizada Barral Editores, 1974. Crítica radical a las instituciones que generan dependencia en lugar de autonomía.
- Zubiri, Xavier Sobre el hombre Alianza Editorial, 1986. Sobre la dignidad, la realidad personal y la responsabilidad ante el otro.
- Cortina, Adela Aporofobia, el rechazo al pobre Paidós, 2017. Análisis filosófico del miedo y rechazo social hacia la pobreza, y sus consecuencias éticas y políticas.