La búsqueda
Después de los Salesianos llegó un tiempo distinto. Un tiempo de pausa. De dejar pasar. De escuchar. De preguntarle al Señor qué pedía realmente.
Y una tarde, sin más, abrí el buscador. Palabras simples: organizaciones religiosas, educación, jóvenes. Yo estaba en Ferrol. Mi padre había estudiado con los Hermanos de La Salle, que también tienen colegio allí. Pero esa posibilidad nunca se me había pasado por la cabeza. Y a San Google tampoco. Me llevó en otra dirección.
Los Maristas.
¿Quiénes eran? No los conocía. Ni siquiera sabía que existían.
El primer contacto
Una tarde decidí escribirles. Sin expectativas. Sin cálculo.
Hola, quiero información, tengo esta edad, me gustaría...
Una semana después sonó un número desconocido.
—¿Podrías venir a Santiago para hablar de esto?
Y fui. Sin expectativas. Sin un plan definido. Y comenzó una de las etapas más significativas de mi vida.
El guante que encajaba
Los Maristas eran ese lugar donde todo encontraba sentido. Lo social, lo educativo, lo religioso. Todo unido. Sin necesidad de elegir entre una cosa u otra.
Santiago. Salamanca. Sevilla. Madrid. Cada lugar aportaba algo nuevo: una experiencia distinta, un aprendizaje concreto, una oportunidad de entregarse. Y así, paso a paso, el camino se iba confirmando.
El compromiso
Ese proceso llevó a una decisión más profunda: abrazar la vida religiosa con los primeros votos de pobreza, obediencia y castidad.
No como un final. Como un comienzo.
«A veces el camino no lo encuentras tú. Te encuentra a ti. Con un poco de ayuda de San Google.»