Mi primer día de cole
Tenía poco más de tres años. Y lo recuerdo.
No hubo miedo. Hubo curiosidad. Y ganas de empezar.
Llevaba mi cartera verde. Con dibujos. Y unas asas blancas, pequeñas, hechas a la medida de mis manos.
Lo que se me quedó no fue la puerta ni el edificio. Fue la mano del abuelo Paco.
Era un hombre grande. De presencia. Pelo gris, casi plateado. Y una de sus manos —no recuerdo cuál— no estaba completa. Le faltaban dedos. Se los había dejado en los astilleros.
Y aun así, aquella mano era firme. Segura.
Íbamos caminando. Sin prisa. Como se hacía entonces en Ferrol. Y al final apareció el caserón.
Entré. Y me quedé.
«Hay comienzos que no se olvidan. El mío empezó con curiosidad y una mano firme.»
El abuelo Paco ya no está. Pero aquella mano sigue ahí.