Santiago. 1 de septiembre.
Llegué al centro Don Bosco para hacer mi experiencia comunitaria. A los pocos días ya estaba viviendo en comunidad. La primera de verdad.
La vida
Era una vida ordenada. Las mañanas en el seminario. Filosofía. Introducción a las Sagradas Escrituras —una de las asignaturas más interesantes, por el profesor— y otras materias. Las tardes con los chicos. Estudio dirigido. Parecido al Roiba. Pero distinto. Aquí todo tenía otra dirección.
Desde que llegué en septiembre hasta que salí hacia Italia no paró de llover. Uno de esos años grises de Santiago. Pero dentro, algo iba tomando forma.
Más allá del aula
Las Pascuas. Con los niños de los colegios de la provincia salesiana. El campamento de verano. Actividad. Movimiento. Vida. Y también aprendizaje.
Turín
Milán. Turín. El colegio de Don Bosco. Las instalaciones. Ver de cerca lo que hasta entonces era referencia. Eso cambia las cosas. También la Barcelona salesiana. Y, sobre todo, un gran encuentro vocacional. De los que empujan. De los que obligan a tomar posición.
«Algunas decisiones no se explican. Se viven.»
El segundo año
Pero había algo que no encajaba. No con la vida. No con el carisma. Con una persona concreta. Sin entendimiento posible.
La decisión
Cuando llegó el momento de continuar, decidí no hacerlo. Sin drama. Con la misma claridad con la que había llegado. Me fui.
Lo que queda
Y no me arrepiento. Porque fue vivido. Porque fue intenso. Porque fue real. Y porque confirmó algo importante: que buscar en serio no es pensar más. Es entrar.